lunes, 11 de septiembre de 2017

El paso por una barbería



Hugo José Suárez

Después de muchos años de desearlo y planearlo, ayer fui a una barbería. Tengo imágenes dispersas de cómo fui construyendo esa aspiración. Guardo en la memoria fotografías y escenas de películas que mostraban ese lugar con un sinfín de cositas, casi como juguetes, para atender la barba. Esas tomas antiguas en blanco y negro me dicen tanto: los asientos mullidos, el cuero para afilar la navaja, los perfumes, los grandes espejos. Siempre había querido entrar a ese mágico lugar, y recién ahora, poco antes de llegar al medio siglo de vida, satisfice mi anhelo.

Además, mi relación con la barba tiene su propia historia. Como llegué a la adolescencia huérfano de padre, no tuve un referente que me indicara cuestiones básicas sobre su afeitado o cuidado. Fui descubriendo todo en el camino, intuitivamente, cometiendo muchos errores y provocando algunas heridas. Cuando estaba alrededor de los quince años, el tema se volvió central en el colegio - por cierto horrendo: puros varones- donde todos nos mirábamos el rostro para encontrar algún indicador de hombría. La aparición de unos pelos era orgullosamente presumida, y su ausencia signo de debilidad y vergüenza. Era un contexto hostil donde el cuerpo y sus expresiones eran una constante afirmación de identidad. Pero mejor dejo la adolescencia -ya habrá ocasión para ocuparme de mis recuerdos perturbadores en el colegio San Ignacio- y paso a otra imagen.


Tengo guardado un episodio extremo en la fabulosa película Color púrpura (Spielberg, 1985): es una pareja disonante de negros en el mundo rural norteamericano, el violento y abusivo marido está siendo rasurado por la esposa. La escena es fabulosa, el campo, la madera, el zaguán, el paisaje. Él está sentado en la silla con la cabeza hacia atrás y el cuello completamente expuesto. Ella, que guarda rencor acumulado, toma la navaja, la pasa -lentamente, como quien se prepara para un sacrificio- por el cuero para afilar y la resbala por la piel que tiene agua jabonosa escurriendo por el pescuezo. En su rostro se siente la tensión que juega en su interior, la opción de dejar que sus manos hundan un poco, sólo un poco, el afilado metal cortando la vena principal del marido, provocándole la muerte en cosa de segundos. La tentación la ronda, es el momento en el que el malvado cónyuge está en sus manos, indefenso, como cordero antes de ser degollado. Es de las pocas ocasiones donde ella tiene el control, y la vida del otro entre sus dedos.

El caso es, decía, que ayer fui a la barbería en Coyoacán. Llegué a ese templo de masculinidad jugando mi rol de varón. Me sentaron en una cómoda silla y empezó todo el ritual.  Me preguntó la peluquera: “¿cómo quiere su barba?”, “como está pero más marcada y corta”, respondí sin muchas más indicaciones que dar. Primero usó una máquina eléctrica simple, de esas en las que se puede graduar el tamaño del cabello y que todos tenemos en casa. Pero luego se puso bueno. Me dio la vuelta de manera que no podía verme en el espejo, y quedé completamente en sus manos, frente a frente. Pasó por mi rostro una toalla caliente, luego cremas. Con la frialdad de un cirujano y el detalle de un pintor, tomó la navaja, fue pasándola por distintos lugares de mi piel, intercalado con aceites, olores y toalla caliente. Me miraba como quien mira un lienzo en plena elaboración de un retrato y continuaba con su fino trabajo. Al final me puso una loción de suave fragancia y me pasó el espejo para que vea su obra. Todo quedó perfecto.

Salí de la barbería satisfecho, un momento agradable, un deseo cumplido. Pronto volveré.

sábado, 26 de agosto de 2017

El trazo político de Rius



Hugo José Suárez


Eduardo del Río, que se hizo conocer como Rius, fue un caricaturista nacido en Zamora (Michoacán, México) en junio de 1934. Vino al mundo en una de las ciudades más católicas y conservadoras de la república y murió en agosto del presente en un pequeño pueblo encantador, progresista y emblemático: Tepoztán (Morelos). En sus largos y fructíferos 83 años de vida publicó una centena de libros de historietas convirtiéndose en el referente principal de la caricatura política mexicana.

Su cuna fue una familia humilde, muy religiosa pegada al catolicismo; huérfano de padre desde su nacimiento, se trasladó a los dos años a la Ciudad de México siendo internado en el Colegio Salesiano donde pasó parte de su infancia. Su formación católica básica fue la clave para convertirse al ateísmo y dedicar buena parte de su obra a la crítica a esta institución eclesial, así lo confesó alguna vez: “Le tengo que agradecer a Dios que me volvió ateo, y a la iglesia católica que me volvió anticlerical” (La Jornada Semanal, 13/8/2017).

La manera de descubrir su vocación gráfica fue curiosa, casi paradójica. De joven trabajaba como telefonista en la Funeraria Gayosso (una de las más importantes en México); en el generoso tiempo libre que le daba su labor, se dedicaba leer y dibujar. A los 20 años tuvo la suerte de que un cliente de la funeraria lo viera pintando; le dejó su tarjeta y le solicitó que le enviara algunos chistes para la revista Ja-Já que él dirigía. Estuvo en esas durante una década hasta que pudo pasar a la historieta y convertirse en un profesional.

Publicó libros fundamentales como Cuba para principiantes, Lenin para principiantes, Marx para principiantes, Manual del perfecto ateo, Su majestad el PRIPalestina, del judío errante al judío errado, Jesús alias el Cristo, Marihuana, cocaína y otros viajes, Historia del Kapitalismo. Además, fundó y dirigió las revistas Los Supermachos, Los Agachados, El Chamuco y los Hijos del Averno.

El trabajo de Rius es una síntesis de la tradición mexicana de la caricatura crítica -cuyo mejor exponente fue Guadalupe Posadas-, la visión del arte comprometido y dirigido al sector popular heredado de los muralistas, y la creatividad y profundidad de los escritores del siglo XX. De hecho, cuenta que parte de su formación informal provino de la suerte de poder pasar largas horas en una librería cercana a la Funeraria Gayosso en la cual, entre 1952 y 1954, los sábados sucedían exquisitas tertulias con Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, Juan Rulfo y otros destacados literatos.

Su propuesta gráfica fue de la mano de una intención política. Su pedagogía reposó en la idea de que “los gobiernos son felices con súbditos ignorantes” (La Jornada Semanal, 18/8/2017), por lo que se esforzó en formar, en transmitir mensajes, en desmontar íconos del poder y de la religión. Su obra quería llegar al pueblo, por lo que su trazo y argumento eran muy legibles y comprensibles, con la intención de informar, convencer y denunciar. Su vida y su lápiz fueron una apuesta política libertaria. En ese aspecto se pareció mucho a otros autores como Héctor Oesterheld que, desde Buenos Aires en años similares, emprendió la tarea de concientizar fungiendo como el encargado de comunicación de la guerrilla montonera. El inmensamente creativo caricaturista argentino fue desaparecido por la dictadura y sus familiares cruelmente asesinados.

El impacto de su obra fue tan grande que hoy en México es una referencia para propios y ajenos, se dice que fue de los mejores promotores culturales y formadores populares. Pocas personas no han leído uno de sus libros en algún momento de su vida.

En su revista Los agachados, Rius dedicó amplias páginas a los problemas latinoamericanos. Por azarosos guiños del destino, hace unos años me regalaron el ejemplar N. 85 del 30 de enero de 1972 dedicado a Bolivia, que lo guardo como reliquia. Ese número es un repaso crítico por la historia boliviana desde el período incaico hasta el golpe de estado de Bánzer en agosto de 1971. Por supuesto se detiene en la lucha de la independencia, en la Revolución del 9 de abril, en la muerte del Che, en la guerrilla de Teoponte y en la Asamblea Popular. Cuenta Rius que para elaborar su número temático recibió la ayuda de dos periodistas bolivianos exiliados, me pregunto por sus nombres.

En muchas ocasiones “me topé” con Rius -nunca personalmente-. La última vez fue en una exposición en Cuernavaca hace poco. Recuerdo bien una viñeta con un diálogo simple y profundo entre dos personas que se aplica para muchos contextos: “¿y usted, todavía espera algo del gobierno? Sí: que se acabe”

Rius. Universal y transtemporal. Seguirá siendo una fuente para reírnos del poder y de la política.


Publicado en el diario El Deber 


lunes, 14 de agosto de 2017

Me vale madres


Hugo José Suárez 

En el largo pasillo que desemboca al atrio de la iglesia dedicada a la Virgen de la Salud, en Pátzcuaro (Michoacán, México), se encuentran varios puestos de venta que alternan artículos religiosos con productos alternativos para la salud. En los primeros, como siempre, hay imágenes de Jesucristo en sus distintas versiones, del popular San Judas Tadeo, por supuesto de la Virgen de Guadalupe, además de Niño Dios, de Virgen de la Salud -entre otros-; todo rodeado de cirios, rosarios y crucifijos.
Es que el mercado religioso compite, en igualdad de condiciones, con la variada oferta de medicina tradicional con innumerables funciones: aceite de pino (tos, asma, bronquios), jarabe de achoque (anemia), gotitas para los ojos (carnosidad, vista cansada, ardor, comezón), semilla de zopilote (obesidad, diabetes), pomadas para barros, espinillas, hongos, hemorroides, gel de peyote con marihuana (torceduras, dolor de rodillas, nervio ciático), jugo de maguey (colitis, úlceras, próstata).
Entre tal variedad, la farmacia para el cuerpo y el alma tiene también un producto que no había visto antes -claro, el mercado es muy dinámico-: “Me vale madres”. Viene en dos tamaños, uno es extracto con 60 ml, y el otro son 60 cápsulas de 650 mg cada una. Se lo vende en una cajita típica de medicina, naranja, que tiene en un costado un perfil humano azul donde se resaltan con colores fuertes las diferentes partes del cerebro. Dice: Reforzado con flor de magnolia, original, 100% natural. Según el instructivo de la caja, la medicina tendría que curar tensión nerviosa, falta de sueño, cansancio y agotamiento, dolor de cabeza, mala memoria, mal carácter, migraña, estrés, depresión, ansiedad, irritabilidad, relajante. 
En México la expresión “me vale madres” es grosera (pero puede ser peor: “me vale verga”), no suele estar dirigida a una persona -aunque eventualmente sí-, sino que más bien es una especie de declaración ante la vida. Es una afirmación contundente que denota ausencia total, radical, de importancia respecto de algún tema particular (el equivalente en Bolivia sería: “me importa un carajo”).
En múltiples ocasiones me he encontrado con nombres de productos especialmente llamativos con interés comercial: alguna vez he comprado unos chocolates -deliciosos por cierto- llamados “pedo de monja”. Lo importante aquí es que el producto curativo es el resultado de una “afinidad electiva” -para ponernos sociólogos- entre la medicina tradicional y sus múltiples ofertas para atender los males del cuerpo, el lenguaje popular mexicano, y el espíritu de época con una interpretación del “buen vivir” que debe combatir el estrés, la depresión y hasta el mal carácter. Es una especie de compleja combinación entre la cultura oriental de la armonía y el equilibrio -muy yoga-, la afirmación mexicana de mandar todo al diablo, y el uso de hierbas para curar cuerpo y alma.


Unos años atrás en una farmacia en Nueva York encontré pastillas que traían cafeína y eran para curar el estrés. Cada cultura tiene sus maneras de resolver sus angustias existenciales; en el caso mexicano, sucede de la mano de la oferta religiosa. En fin, volviendo a la sociología, todo producto busca satisfacer la necesidad de una población, así que “me vale madres” es un signo de los tiempos de la sociedad actual. Juro que la próxima vez me compraré el tónico, cualquier rato lo puedo necesitar y conozco varios a quien regalar.  

Publicado en el Diario el Deber 13/08/17

jueves, 10 de agosto de 2017

Dilogar con Zizek


Hugo José Suárez Sociólogo

Leí una entrevista a Slavoj Zizek muy interesante. Tengo cierta reticencia a los autores estelares encargados de nutrir, alimentar y reproducir utopías a públicos ávidos de "profetas sociales” (como decía Bourdieu).

Además, el estilo espectacular de Zizek aveces me da desconfianza -es un "show-man” de las ideas-. Por eso reproduce en mi muro de "Face” hace unas semanas una crítica de Antonio Muñoz Molina en El País comentando la visita del filósofo a Madrid y su impacto, recordando su propio pasado cuando recibieron a Althusser con igual entusiasmo décadas atrás.

Pero, dicho lo anterior, quiero referirme a reflexiones que me han invitado a dialogar -que de eso es de lo que se trata- aparecidas en una entrevista a Zizek publicada en el suplemento del periódico mexicano Milenio (15/07/2017).


Juegos modernos

El filósofo reflexiona sobre la necesidad de considerar los distintos insumos de la globalización y de la tecnología como oportunidades para la creación y la crítica. Se refiere a un juego sobre Chernóbil hecho por ucranianos, donde existen los monstruos creados por la radiación. El tratamiento y las luchas que navegan sobre la plataforma tradicional del videojuego  ahora es utilizado para discutir los episodios tan dolorosos como fundamentales.

Otro tema, que viene de la mano de la filosofía del videojuego, es el "cambio de temporalidad”, donde la muerte no existe, pues el jugador siempre puede revivir. "Se trata de un tiempo circular” que cuestiona la cultura de la lineal mortalidad cristiana que necesita de Jesús y su obra resurrección en una narrativa horizontal -antes y después de Cristo-. En el videojuego se propone "un tiempo circular”, donde no existe la muerte como un fin, sino como una espiral infinita.

También asusta, como lo subraya Zizek, el control de información privada que está en manos de grandes empresas (como Google o Facebook) que saben lo que visitamos, por dónde vamos, lo que consumimos, lo que leemos. Su capacidad de anticipar nuestros gustos es sorprendente y espeluznante (por cierto, últimamente cada que entro a una página web me quieren vender cosas similares a mi última compra). Si eso lo cruzamos con el control de datos de los sistemas financieros (bancos, ministerios, autoridades), estamos completamente desnudos frente al Big Brother que conoce todos nuestros movimientos.

Otra inquietante cara de la medalla son los avances tecnológicos que empiezan a vincular cerebro con la máquina sin mediación corporal. Si bien esta es una fase experimental, es muy probable que en poco tiempo la tecnología permita que la instrucción mental opere directamente en algún tipo de robot que haga todo lo que queramos. ¿Cómo modificará eso nuestro comportamiento cotidiano? ¿Qué consecuencias? Es difícil preverlo, pero no es muy esperanzador.

Por último, la biogenética. Zizek reproduce asombrado una propaganda que vio en su viaje a China: "el objetivo de la biogenética en la República Popular China es regular física y mentalmente el bienestar de los chinos”. La reacción del autor no es menor: "¡Dios mío! ¡Y es algo que ya están haciendo! La idea es usar biogenética para controlar los impulsos de la gente, su agresividad o pasividad, su actitud en la sociedad del trabajo…”. El gran sueño de control de la mente no estaría tan lejos.

Explica el filósofo que esta agenda perversa, que se ve con claridad en series televisivas como  Orphan Black  o  Black Mirror, fue pensada por Stalin en 1931 que "les creía a unos locos biólogos que afirmaban que podían mezclar seres humanos con simios para obtener la máquina perfecta de trabajo. Entenderían lo elemental del lenguaje, pero no tendrían capacidad de protestar, de comprender. Era algo primitivo y no funcionó. Sin embargo, ahora nos aproximamos a algo aparecido”.  Estaríamos cerca de tener un hombre disciplinado construido biológicamente para reproducir un rol previamente asignado por una inteligencia de Estado. Aterrador.

Concluye el autor: "por eso digo que están ocurriendo cosas muy serias que exigen que redefinamos qué significa ser humanos… La naturaleza humana está, literalmente, cambiando”.

Decía que no me gustan los profetas sociales; sí los pensadores que invitan a pensar.


Publicado en: Diario Pagina 7.30 de julio de 2017

miércoles, 9 de agosto de 2017

Picasso, Rivera y Warhol

Hugo José Suárez

Le hago caso a mis maestros que insistían en lo mucho que los sociólogos podemos aprender del mundo del arte, y dedico un fin de semana a dos de las exposiciones más interesantes que suceden en este verano en la Ciudad de México.

El Palacio de Bellas Artes, magnífica construcción con la que el presidente Porfirio Díaz pretendía festejar el centenario de la independencia mexicana en 1910, acoge a una dupla impresionante: Picasso & Rivera, Conversaciones a través del tiempo. Se trata de cruzar dos pintores extraordinarios, mostrando sus encuentros, distancias, diálogos y tradiciones.

Y claro, el visitante que normalmente conoció cada uno por separado, y una pequeña muestra de cada quien, descubre una complejidad mayor. La matemática tiene su propia lógica en el arte: La suma de las partes es mucho más que el todo. Son como dos arroyos que se encuentran y se separan caprichosamente.

La entrada sorprende con dos autorretratos de los jóvenes -de 20 y 25 años- pintados el mismo año: 1906. Curiosa coincidencia. Luego se exhibe la obra en París, ciudad que los acogió y juntó. Se puede ver cómo cada uno evoluciona su trazo y adquiere personalidad quebrando con la academia de la época. El cubismo se instala en sus lienzos. Tanto la semejanza de algunas imágenes como el intercambio epistolar entre los artistas muestran una compleja interacción, aunque no siempre armónica.
En la sala siguiente el origen histórico y cultural toma relevancia: América y Europa en contraste. Picasso acude una y otra vez a la narrativa mítica griega y romana; se alterna el recorrido con bellas piezas antiguas de Atenas o Roma. Rivera evoca los códices mexicanos con una serie sobre el Popol Vuh, entre deslumbrantes esculturas indígenas prehispánicas. El curador de la exposición parece insistir en la importancia de la tradición, la potencia del encuentro y el intercambio, la necesidad de la innovación y la creatividad. En los muros de Bellas Artes se siente cómo Picasso y Rivera navegan cada uno en su propio barco, aunque coincidan en algunos puertos.
Al día siguiente, voy al Museo Jumex que acoge a Andy Warhol (1928-1987) con la exposición Estrella oscura. Quedé impresionado cuando vi sus cuadros en el MoMA en Nueva York, pero recién ahora puedo entender mejor el sentido de su obra.
Me detengo en las imágenes de Marilyn, Mao o Elvis y la intención de Warhol de tomar la celebridad, reinventarla bajándola de su pedestal y reproduciéndola con colores vistosos al lado de una lata de atún o de sopa Campbells. También me impactan las fotos de los accidentes automovilísticos o aéreos, las ambulancias; me sobrecoge pararme en frente de la silla eléctrica, quedo demudado al pensar el horror institucionalizado.
Warhol toma los extremos del auge de la sociedad industrial en su versión de cultura pop: La hermosa Marilyn con todo el glamour propio del símbolo sexual de una época, el enlatado que consolida el capricho humano de mantener alimentos viejos sin podrirse, el accidente no como una disfunción, el sistema legal que hace fino uso de la electricidad para aniquilar a quien considera culpable.
Se trata, en el fondo, de una poderosa crítica a la modernidad y sus distintos rostros perversos, sean culturales, políticos o económicos; es desnudar el otro lado del discurso del progreso a partir de la reinterpretación de sus propios íconos. En uno de los cuadros aparece la emblemática Estatua de la Libertad deformada, algo no encaja en esta sociedad, parece insistir el pintor americano. Sin duda es un visionario que develó las necesidades de la cultura de masas de los 60 como semillas que germinaron más bien en la era del internet.
Al salir, el pasillo tiene un gran muro con decenas de pequeñas imágenes de la cabeza de una vaca rosada sobre un fondo amarillo. Es el único lugar donde permiten tomar fotografías. Culmina la crítica a la “obsesión colectiva por la celebridad” que denuncia Warhol, pero claro, todo visitante se toma su respectiva selfie corroborando la incomprensión del mensaje del artista.
En suma, tres grandes que no podemos ver sin quedar tan inquietos como estimulados por la sociedad en que vivimos.


Publicado en el Diario el Deber 30/07/2017

domingo, 23 de julio de 2017

Adiós a Peter Berger, constructor de la sociología. Fallece el autor de La construcción social de la realidad.



Hugo José Suárez



Nació en Viena en 1929 en el seno de una comunidad de tradición protestante, lo que marcó sus intereses y formación durante toda su vida.

Le tocó ver los horrores de la Segunda Guerra Mundial, migró a Estados Unidos antes de cumplir los 20 años y adquirió rápidamente la nacionalidad americana. Empezó la carrera cursando una maestría y un doctorado en The New School of Social Research en Nueva York; luego de varios tránsitos se instaló como profesor en la Boston University, donde creó y dirigió un instituto dedicado al estudio de asuntos culturales y religiosos.

A lo largo de su carrera, Berger publicó una treintena de libros sobre la teoría sociológica, la religión y los valores, pero el indiscutible título que marcó la reflexión de las ciencias sociales fue La construcción social de la realidad -en colaboración con Thomas Luckmann- que apareció en 1966 y rápidamente se convirtió en un joven clásico ineludible. La intención fundamental de su libro fue mostrar que la sociedad -y todo lo que ella contiene- es el resultado de una construcción compleja: "toda sociedad humana es una empresa de construcción del mundo”.

Explicó las tres dimensiones clave: la externalización, la objetivación y la interiorización, y le dio un lugar central a la vida cotidiana, a la subjetividad y al lenguaje para comprender la colectividad.

Este impulso intelectual estuvo acompañado de un segundo libro al año siguiente: El dosel sagrado. Se trata de un volumen, ahora de autoría única, donde se concentra en la religión como construcción humana. Aborda los temas clave como la producción y reproducción de la cultura, la secularización, la individuación, la diversidad, etc.

Ambos textos constituyen una innovación teórica que permiten acercarse al problema de la subjetividad como un tema central de la sociedad y como el resultado de la acción del ser humano en su entorno.

Pero de tantas obras e ideas, debo confesar que la que más me atrapó fue un libro previo titulado Invitation to Sociology: A Humanistic Perspective, de 1963, traducido al castellano como  Introducción a la sociología. Se trata de una auténtica invitación con todas sus implicaciones, son letras que no aleccionan, seducen. Me quedo con algunos fragmentos que siempre llevo de cabecera cuando se me pregunta sobre mi oficio:

"La sociología será satisfactoria, a la larga, sólo para aquellas personas que no pueden pensar en otra cosa más fascinadora que observar a los hombres y comprender las cosas humanas… La sociología es un pasatiempo individual en el sentido de que algunas personas les interesa y a otras les aburre. A algunas les gusta observar a los seres humanos, a otras experimentar con ratones...

La sociología se parece más a una pasión. La perspectiva sociológica es más similar a un demonio que se apodera de nosotros, que nos empuja apremiadamente una y otra vez hacia las preguntas que le son propias”.

Peter Berger, autor enorme que abrió pistas en la disciplina, murió en junio del presente. Hará falta.


 Nos deja su obra.

lunes, 17 de julio de 2017

Capitalismo de segunda


Capitalismo de segunda
Hugo José Suárez

He leído a muchos autores que explican que la economía mundial funciona en buena medida a partir del internet, que la compra-venta de productos por ese canal es impresionante, fácil, ágil y seguro. De hecho, tengo la grata experiencia de haber usado ese medio cuando viví en Nueva York: adquirí desde zapatos hasta computadoras y todo llegaba a la puerta de mi casa. Así que decido comprar un teclado musical para mi hija, pagar con tarjeta de crédito y recibirlo unos días más tarde. Finalmente, radico en México, país que se jacta de tener un mercado moderno y al hombre más rico del mundo entre sus ciudadanos. 
Me recuesto en mi cama y desde mi iPad empiezo la operación como lo hice tantas veces en otras ocasiones. Busco el instrumento en varias páginas web, encuentro una oferta en una de las tiendas más reconocidas, un sello mundial que se presenta diciendo ser la empresa que ofrece el mejor precio. Procedo, doy mi dirección, los datos de mi tarjeta, correo electrónico, etc., y aprieto el botón clave: comprar. Minutos después recibo la notificación de que el pedido va en curso. 
Hasta aquí todo va bien, pero olvidé que estamos en México… Al día siguiente me hablan del banco a mi celular, me dicen que si soy yo el que hice la compra y por razones de seguridad me piden una serie de datos. Estoy manejando, así que les digo que devolveré la llamada en una hora, cuando esté en un lugar más adecuado. Lo hago, respondo todas las preguntas para que tengan la certeza de que quiero el teclado para mi hija.
Pasan dos días y no tengo noticias, ni de la tienda ni del banco. Me contacto con el comercio y me informan que mi pedido se canceló por problemas de con el banco, les hablo y me aseguran que ya liberaron el pedido. Vuelvo a la tienda y me confirman que, por más que la tarjeta esté aprobada, el sistema -el famoso, oscuro, caprichoso y temperamental sistema- la rechazó y que tengo que volver a hacer el pedido (claro, si no llamaba, no me hubiera enterado de nada).
Repito la operación. Me recuesto en mi cama con mi iPad, busco el producto, etc., pero claro, la promoción ya pasó y ahora está más caro, ni modo. En el último paso, cambio de tarjeta y aprieto la indicación clave: comprar. Me rechaza. Lo intento nuevamente con otra tarjeta, nada. Me comunican que existe un teclado en la sucursal que queda a una hora y media de mi casa, son las seis de la tarde, cierran a las ocho, tendría que atravesar la ciudad. No tiene ningún sentido.
Al día siguiente, tomo conciencia de que estoy en México, donde todo funciona a medias pero con la fachada de “empresas de clase mundial”. Voy al centro comercial más cercano, veo, escucho, tiento el teclado en cuestión, pago en efectivo -a precio más elevado- y me lo llevo a casa. Algún día escribiré un libro -pensando claro en Ibargüengoitia- que titule: “Instrucciones para vivir en un capitalismo de segunda”.   

PD. No quiero irme sin dejar mi palabra solidaria para Rafael Archondo y Pablo Solón, personas honestas, íntegras y progresistas. El acecho por parte de las autoridades no es más que una triste muestra de que el poder ha perdido la brújula, ojalá que la encuentre antes de que sea demasiado tarde. 

Publicado en el Diario el Deber. 16/05/17