lunes, 16 de enero de 2017

Dos conferencias


Hugo José Suárez
Cuando era estudiante iba a cuanta conferencia podía. Me pasaba tardes y mañanas escuchando lo que decían muchas personas. Como la Ciudad de México es muy grande, a menudo desplazase hasta el lugar del encuentro implicaba más tiempo de transporte que de evento, pero valía la pena.  Escuché a académicos, políticos, líderes sociales y religiosos. Pude ver “personalmente” –como parte de un público amplio- a Enrique Dussel, Leonardo Boff, Sergio Méndez Arceo, Rigoberta Menchú, Eduardo Galeano, Pablo González Casanova, Michael Lowy, y tantos más. Los años fueron pasando y paulatinamente mi tiempo para asistir a conferencias se iba reduciendo. Hoy, dedicarle unos minutos a un coloquio o seminario es un lujo que no me puedo dar muy a menudo. El asunto es más dramático porque trabajo en la Ciudad Universitaria de la UNAM, donde todos los días hay actividades académicas a cuál más interesante y con personalidades muy destacadas. Como diría Sabina, vivo “como párroco en un burdel”; si asistiera al 20% de lo que pasa por aquí, no tendría tiempo para mis propias investigaciones y quedaría despedido rápidamente.
Pero a pesar de todo, hace unas semanas le robé un espacio a mi agenda y asistí a dos conferencias en un día, no lo hacía desde mis años estudiantiles –donde, entre otras, me permitía también ver dos o tres películas en una tarde..., qué tiempos aquellos-. La primera fue de Ilán Semo, un académico muy sugerente de la Universidad Iberoamericana que habló sobre El dilema del tiempo presente. Explicó cómo se está transformando la sociedad contemporánea a través de la “condición electrónica”; a mediados de la década pasada, decía Semo, el apabullante ingreso de formas nuevas de comunicación como WhatsApp, Twiter, Facebook, Instagram, etc., creó una nueva manera de producir subjetividades. Eso llevó a entender la vida colectiva de otra manera, se disolvió la relación entre el productor de un mensaje y el receptor del mismo –todos somos productores y receptores a la vez-; cambió la noción de verdad –todos tenemos una verdad que la exponemos en la web sin filtro ni prueba-; se acabaron las “voces centrales” –o instituciones monopolizadoras de los sentidos- que guiaban en las múltiples esferas de la vida; se disolvió la idea de acontecimiento como un momento especial intensificando lo fugaz que puede no tener correlato con la realidad (aunque paralelamente crecen los eventos donde se necesita el contacto cara-a-cara, como los masivos conciertos, encuentros políticos o deportivos).  Estamos atrapados en la red –somos su extensión- y atravesamos por la reconfiguración de las formas societales.
En la tarde, vi a Manuel Delgado, antropólogo catalán, que habló de El espacio público y otros espejismos urbanos. El ejemplo de Barcelona. Su análisis se centró en la crítica del concepto de “espacio público”. Realizó una genealogía de esta idea para entender que, desde su origen, tuvo que ver con una manera republicana de entender el lugar de los intercambios en la calle que fue mutando hasta asumir ahora formas perversas. Tomó el ejemplo de Barcelona –de donde es originario y donde trabaja- para mostrar que en realidad  la idea de “espacio público” ha permitido la delegación de los lugares donde antes todos tenían derecho a participar, a grandes empresas que, por un lado mercantilizan cada metro cuadrado con negocios millonarios, y por otro crean una ciudad para el turismo sacrificando a los lugareños, sus formas de vida y cultura. Así, la Barcelona que se vende como el ícono de ciudad moderna, limpia, culta, organizada y exitosa, no es más que una muestra de cómo se puede sacrificar al vecino y convertir la urbe –o más bien su centro histórico- en una preciosa pieza de museo que sirve para impactar a los paseantes y generar dinero. Retomando la lectura crítica de Henri Lefebvre, Delgado denunció cómo las grandes corporaciones empresariales han convertido el centímetro de la ciudad en un valor de cambio privándolo de vida y cultura local.
En suma, aquel día aprendí más de lo que me imaginaba. En mi clase siguiente, recomendé a mis estudiantes que no dejen de asistir a cuanta conferencia puedan, palabras que las vuelco para mí mismo. Nada mejor que un seminario para aprender, discutir y crecer.

Publicado en diario"El Deber"


lunes, 5 de diciembre de 2016

Netflix


Hugo José Suárez

No me gusta la televisión. De hecho la he evitado desde hace mucho tiempo, y ahora de plano ya no tengo el aparato en casa. Cada que me toca ver algún fragmento, normalmente en los consultorios o salas de espera, me convenzo de haber tomado la decisión correcta. Mi distancia con la caja mágica se acentuó cuando vine a vivir a México y sentí mi inteligencia ofendida cada que caía en cualquier programa de Televisa o TV Azteca, acaso la basura mediática más lograda.

El caso es que luego de un tiempo de resistencia, decidí suscribirme a Netflix, y ahora soy un consumidor compulsivo de sus series. No veo tele, veo Netflix en mi dispositivo electrónico. Lo que me llama la atención es el lugar que ha ocupado esta forma de consumo de imágenes y cómo ha transformado tantas cosas.

Vamos por partes. En estos tiempos de individualización, donde cada uno decide contenidos y momentos para consumo mediático, Netflix permite no estar obligado a tener que esperar un episodio a la hora que el programador lo decida, sino más bien cuando uno pueda hacerlo. Así, no pasa nada si un día no pudiste ver un capítulo, o si se te atravesó algo; ya habrá ocasión para retomar la historia.

De hecho una de las razones por las que no seguía una serie completa en cualquier canal, era por la dificultad de obligarme a estar frente a la pantalla a una determinada hora. Eso se acabó. Recuerdo que cuando era niño se transmitía la serie americana Dallas, y todos sabían en qué estado estaba el famoso personaje “Jr.”. Lo propio con telenovelas como Rosa de Lejos. Es más, el día en que iban a transmitir el último capítulo fue casi un feriado nacional. Hoy, ese escenario es imposible. Con mis amigos cercanos comentamos las distintas series vistas pero uno va empezando, el otro al medio, y el otro ya la terminó.

Cada cual a su ritmo, lo que no impide que podamos discutir e intercambiar opiniones.
Por otro lado, hay que decir que las telenovelas mexicanas prisioneras de los intereses de Televisa son de tan mala calidad que da vergüenza ajena. La simple comparación con cualquier programa en Netflix es notable en todos los aspectos: actuación, libreto, escenario, ritmo, contenido y un largo etcétera.

En mi tableta he visto historias que me han llevado a las emociones, a las lágrimas o la rabia, al miedo o la risa, a la razón o al entretenimiento, además con un agudo sentido crítico de la realidad. Por ejemplo, la crudeza de la política nunca fue tan bien presentada como en House of Cards, los límites de la tecnología en la vida diaria se los expone en Black Mirror, la transformación de un tipo ordinario en un magnífico dealer está en Breaking Bad.

Llama la atención que lo que puso en jaque al monopolio televisivo en México no fueron los esfuerzos de canales culturales o de producciones alternativas de la izquierda, sino una empresa norteamericana que simplemente puso la calidad por delante y entendió que el espectador es alguien medianamente inteligente que quiere ver en la pantalla historias que le hablen de la vida diaria sin matices cursis. Por último, es extraña la manera cómo Netflix se ha introducido a la vida marital. Antes, coordinar con la pareja para sentarse frente a la televisión en el mismo momento a ver una novela por más de una semana consecutiva era motivo de pleito. Hoy la negociación es más fluida, los tiempos se equiparan con más facilidad, todo se resuelve en la cama con una pequeña pantalla sin mediación alguna. Varios de mis amigos han hecho del momento de ver Netflix el espacio de encuentro de pareja, más importante que ir a pasear al parque.

No faltará quién con legítima suspicacia piense que Netflix me pagó esta columna. No es el caso –lamentablemente casi no cobro por lo que escribo-. Lo cierto es que Netflix ya se instaló en nuestras vidas –al menos en la mía- y, la verdad, estoy feliz enredado en su telaraña. Más adelante comentaré algunas historias que me llamaron la atención; ahora dejo estas letras, me espera una nueva temporada de mi serie favorita


Publicado en diario  El Deber

lunes, 28 de noviembre de 2016

Lo dejo a su conciencia


Hugo José Suárez
En mi muro del Facebook aparece la información sobre una página donde se puede descargar gratuitamente el libro de uno de mis autores favoritos: Howard Becker. En este momento de mi trayectoria como investigador, estoy repensando las herramientas de mi disciplina para la comprensión de la vida colectiva, así que el libro me viene como anillo al dedo; titula: Para hablar de sociedad, la sociología no basta. Por supuesto que sin dudarlo bajo el documento en PDF y veo el índice con avidez. La rápida mirada de los capítulos y de unas páginas me conduce a una clara determinación: lo necesito.
Cuando me sucede algo así, no puedo quedarme quieto. Salgo de mi casa luego de la comida y me dirijo directamente a una de las librerías más conocidas de Coyoacán. Le pido al librero que lo busque y cuando lo tengo entre mis manos, estoy convencido de que lo compraré, poco importa cuánto deba pagar por él. Lo curioso es que cuando miro el precio, aparece más barato de lo que me habían dicho originalmente: en vez de 700 pesos -500 con descuento- la pegatina dice 100 pesos.
Me asombra, así que le pido al vendedor que coteje el valor para ver si era el correcto. Se pone nervioso, ingresa a uno de los cuartos y sale un empleado muy formal –con todo y corbata- del departamento administrativo. Me dice solemnemente: “El libro cuesta 700 pesos, pero tiene descuento del 20%. Uno de los trabajadores se equivocó y puso 1 en vez de 7. Por ley le tengo que cobrar lo que está anunciado, pero la diferencia la va a pagar nuestro empleado que cometió el error. Lo dejo a su conciencia”.
Inmediatamente mi cabeza empieza a funcionar sobre la decisión que debo tomar. El dilema es pagar el precio fruto de un error que será cobrado al trabajador o pago lo que tenía pensado invertir sin afectar a nadie. Tengo dudas, así que sigo interrogando: “¿si no lo pago, se le cobrará al empleado de su salario o cubrirá la empresa la diferencia?”. La respuesta, verdadera o falsa, es obvia: “es el trabajador”. Ya decidí, yo lo cubro.
Me quedé reflexionando mucho tiempo básicamente en dos ideas. Por un lado, la perversa relación capital-trabajo que funciona con reglas en las cuales nunca la empresa pierde, todo déficit será cubierto por los trabajadores o por los clientes. Por otro lado, recordé el episodio de una serie de televisión que vi hace muchos años donde una persona en situación dramática tenía que decidir si hacía el bien o si afectaba a un tercero que no conocía, y al tener certeza de que sería un desconocido, optó por no importarle el destino del otro.
Cuando dejé la librería –libro en mano y billetera vacía- seguí elucubrando si me había visto muy ingenuo en vez de aprovechar la oportunidad del error ajeno en favor de mi economía, y cosas así. Pero todas mis disquisiciones terminaron cuando llegué a mi oficina, pues al buscar el lugar dónde ubicar mi nuevo tesoro, llegué al estante que alberga mis varios libros de Becker, y, sorpresa, ¡ese título ya lo tenía!
No es la primera vez que me pasa, he adquirido en varias ocasiones libros que descansan en mi biblioteca. Volví a acudir a mi red de Facebook y puse a Becker en oferta en mi muro: “vendo el libro Para hablar de la sociedad a preció económico”. Rápidamente una estudiante se pronunció y fue a parar sus manos.

Termino. De manera inesperada, Becker me volvió a invitar a hacer sociología de la vida diaria, utilizando las experiencias personales –y la necesidad de redactarlas reflexivamente- como fuente para entender la sociedad. No cabe duda, es un maestro de inagotables formas y agradables sorpresas. Al final de cuentas, el libro me salió barato.

martes, 22 de noviembre de 2016

El rincón de las solteronas


Hugo José Suárez
En el restaurante San Miguelito, en Morelia (Michoacán), me encuentro con lugar muy particular. Al fondo, luego de pasar entre mesas y comensales y observar objetos barrocos y coloniales, está El rincón de las solteronas. Empiezan los problemas. Mis hijas me preguntan “¿qué es una solterona?”.
Tengo que acudir a mis explicaciones sociológicas intentando no estigmatizar a nadie y recuerdo algunas cosas dichas por Pierre Bourdieu en su libro El baile de los solteros-. Les explicó que en otros tiempos el matrimonio era una institución fundamental que se lo entendía como el proceso de formalizar un lazo de un varón con una mujer –y en esas épocas sin ninguna otra combinación posible-. De acuerdo a los contextos, aquello debería suceder en años específicos de la vida de un individuo, y quien se pasaba, prácticamente perdía la oportunidad de formar una familia tradicional convirtiéndose, automáticamente, en una –o una- solterón o solterona.
Mis palabras suenan aburridas. La cosa se pone interesante para mis hijas cuando, más allá de cualquier argumento sociológico, entramos a la sala y nos encontramos con preciosas figuras de San Antonio de cabeza. Todo empieza a fluir. Es ampliamente conocida la práctica de voltear al Santo en caso de no cumplir con el deseo de encontrar pareja. Pero tener al frente una figura de metro y medio, con toda la indumentaria de sacerdote, reposando sobre su cuero cabelludo como si estuviera en posición yoga, es desconcertante. Lo rodean una serie de objetos que terminan de darle color a la experiencia.
Un exvoto muy cuidado pintado en madera, narra –con todo y fecha- el proceso del milagro. A la izquierda, una mujer vestida con traje oscuro, da las espaldas y se dirige a San Antonio con el siguiente texto: “Bendito, te pido con desesperación que llegue a mi vida el hombre que me quiera y se case conmigo”; es el  7 de septiembre del 2008. A la derecha, la misma mujer está, ahora mirando de frente, con un bello traje de novia completamente blanco, un ramo de alcatraces en las manos y en posición de oración. Dice: “Te agradesco (sic) profundamente el que me concedieras el milagro de que llegara el amor de mi vida”. Ha pasado exactamente un año.
Otro exvoto menos colorido y cuidado, tiene un dibujo tosco de un varón arrodillado frente al Santo a quien le escribe con tinta blanca sobre cartón beige: “Glorioso San Antonio que apartas las mujeres del mal... Me apartas dos para mañana...”.
Finalmente, antes de irme, me llevo un papelito con la Plegaria firmada por J. Cruz Márquez: “Oh glorioso San Antonio, santo de mujeres, no te estés haciendo pato y consígueme un marido, aunque te tardes un rato (...). No te pido un guapo mozo, no lo quiero con dinero, sólo un feo o andrajoso, y hasta un simple ranchero. Tampoco quiero exigirte un flamante diputado, sino un humano cualquiera, sea solo, viudo o divorciado. No me importa que esté picado, que sea cojo o hasta ciego, pues si tú así me lo das, yo lo acepto desde luego. Escúchame Toño mío, óyeme santo glorioso, consígueme a un baboso, que se atreva a ser mi esposo. Mira que si no lo haces, y conmigo eres ingrato, por Dios que te ha de pesar, pues de cabeza te has de quedar...”.

Dejó el restaurante, mis hijas ya no requieren más explicaciones. Es hora de partir.

Publicado en diario "El Deber"

lunes, 31 de octubre de 2016

Teodoro González de León

Hugo José Suárez



Antes de dejar Oaxaca (México) luego de un viaje realizado en 2012, sigo el consejo de mi anfitrión: “no dejen de visitar el Centro de las Artes”.  La búsqueda no resulta fácil.  Subo por serpenteadas calles mal atendidas donde la vegetación empieza a ser más nutrida que en la carretera.  Me pierdo, pero recupero el rumbo preguntando a los lugareños.  No hay letreros ni indicaciones, sólo el conocimiento popular.

En la última curva, encuentro una imponente construcción incrustada en la montaña.  Se trata de la ex fábrica de hilados y tejidos La Soledad que funcionó desde finales del siglo XIX.  Luego de que su vida útil terminara, el inmueble abandonado y en ruinas fue comprado por el pintor y promotor cultural oaxaqueño Francisco Toledo, quien impulsó un verdadero centro de artes gráficas –tradicionales y digitales- y lo recuperó dándole un nuevo sello inolvidable.

En el rediseño, el agua que corre por los alrededores de la construcción juega un rol preponderante.  Es sonido, espejo y discreta compañía.  Se desliza por canales transitando por fuentes que ofrecen otra perspectiva al edificio con nuevos ángulos y sensaciones visuales que dialogan con los reflejos y las profundidades.  La naturaleza que acoge la propuesta estética forma parte de un escenario deslumbrante.

Entro a la nave central para continuar con los gratos encuentros.  Se trata de la exposición de maquetas y croquis del arquitecto mexicano Teodoro González de León (1926).  Había disfrutado de varias de sus creaciones.  Recorrí por ejemplo el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) en la Ciudad Universitaria de la UNAM dejándome llevar por cada uno de sus rincones y disfrutando de las múltiples maneras de contemplarlo.  Asistí a presentaciones de libros y repasé la librería y biblioteca de la Casa Matriz del Fondo de Cultura Económica en El Ajusco, me perdí en las estanterías del Centro Cultural Bella Epoca en La Condesa, y participé en decenas de coloquios, conferencias, seminarios y cursos en El Colegio de México.  Por supuesto me sumergí en innumerables melodías en el Auditorio Nacional.  Todos estos lugares diseñados por González de León.  Lo visto, lo vivido, lo escuchado en cada uno de estos rincones, pasó antes por la cabeza del maestro que buscó estructuras y diálogos entre las formas para que los consumidores ordinarios vivan sensaciones particulares. Sin conocerlo, ha influido –o impuesto, como es común en el oficio del arquitecto- maneras de apropiarme del espacio.  Y sin duda se lo agradezco. 

Pero aquí la cosa es diferente porque puedo ver la obra en miniatura, como si yo fuera un gigante a quien el diseñador enseña su trabajo. Percibo las estructuras mentales que lo habitan y que plasma en sus maquetas, esos diminutos montajes que luego todos recorreremos. Siento cómo el creador decide por dónde entrar o salir, el lugar donde la luz será la privilegiada, o el aire, el rincón para la privacidad, el encuentro, la idea, la lectura, la comida, el amor.  Y me siento uno de los muñecos que coloca en su maqueta para que el espectador tenga idea de las proporciones.  Una ficha más en su tablero de ajedrez.

Cuando vuelvo a la Ciudad de México miro las cosas de manera diferente.  En mi tránsito cotidiano construyo la red de las obras de González de León.  La Universidad Pedagógica, el MUAC, el Auditorio Nacional, el Fondo de Cultura Económica se enlazan, aprecio su armonía.  Ahora el contexto es un actor más, y comprendo cómo se construye el maravilloso paisaje urbano. 

Pero al pasar por la Plaza Rufino Tamayo en Insurgentes –diseñada por González de León y Ernesto Betancour- me invade el desasosiego.  Ese lugar cotidiano que estaba condenado a ser un cruce de avenidas simplón, se convierte en una obra de arte gracias al arquitecto.  Un corredor curvo cubierto por columnas y plantas colgantes, conduce un túnel de marcos en perspectiva decreciente en cuyo horizonte se ve la réplica de una acuarela de Tamayo.  Un pequeño puente de metal a prudente distancia permite la mejor visión, al cruzarlo se puede apreciar la perspectiva perfecta.  La maravillosa obra es invadida por mercaderes que venden elegantes coches Infiniti trepados en los jardines y gradas. 

Hace unos meses González de León cumplió 90 años, lo que fue motivo de homenajes en México. La escritora Elena Poniatowska le realizó una entrevista en la que se podía apreciar su lucidez y templanza (La Jornada, 8/5/2016). Teodoro cuenta  sus actividades diarias, el ejercicio cotidiano y sus planes inmediatos, entre otros, un viaje próximo a San Petersburgo, “yo nunca descanso” afirma el artista nonagenario. En pocas páginas, hace un resumen de su trayectoria, sus principales obras, sus premios y amistades –Octavio Paz, Rufino Tamayo, José Luis Cuevas-. Recuerda los años cuarenta en los que formó parte de quienes diseñaron el plano conceptual de la Ciudad Universitaria de la UNAM, “cuando México se pensaba en grande”. Subraya su amor por lo urbano, el gusto de viajar a otra urbe sólo para ver qué se ha hecho con ella: “la arquitectura tienes que verla, que transitarla, para sentirla. Ver ciudades para mí es indispensable”. En sus palabras se siente la fortaleza y la imaginación de uno de los grandes pensadores mexicanos de este tiempo. ¿Cómo se llega a las nueve décadas con esa sobriedad? “Es la pasión la que me mantiene vivo”, concluye Teodoro González de León.


El 16 de septiembre del presente, el maestro del espacio partió en búsqueda de nuevas formas. Descansa en paz.


Publicado en Página 7

martes, 4 de octubre de 2016

Por sus libros los conocerás

Hugo José Suárez
Un fin de semana largo decidimos con mi familia viajar a Pátzcuaro (Michoacán). Como están las cosas en estos tiempos, en vez de procurar un hotel, acudimos un buscador en Internet en el cual se encuentran hospedajes personales a precios muy convenientes. Es siempre un riesgo, pues a menudo uno no sabe con qué se va a topar; de hecho, la última vez que usamos ese servicio para pasar unos días en Acapulco, nos tocó un horrendo departamento del cual salimos corriendo al primer hostal que encontramos, perdiendo tiempo de playa y dinero. Pero ahora las cosas salieron mucho mejor.
La dueña de casa se anuncia de manera amable: “Actualmente doy servicios de psicoterapia, mi mayor interés es el despertar de la conciencia. Me encantan los animales y los niños y gozo de actividades grupales en proyectos colectivos. Me encanta la naturaleza, siempre extraño los campos y montañas”. Su presentación me cautiva, todo indica que se trata de alguien afín.
Cuando llegamos a la casa, encontramos un lugar agradable, con “buena vibra”, espacioso, limpio, acogedor. Entro a la sala y, como nos pasa a todos los intelectuales, me detengo en su biblioteca. Son tres estantes con títulos extraordinarios que tienen que ver directamente con mis intereses académicos y humanos. Empiezo a hojear título por título.
Democracia y Estado multiétnico en América Latina, coordinado por Pablo González Casanova y Marcos Roitman (1996). En aquel tiempo lo indígena fue un tema que estaba en el corazón del debate en las ciencias sociales;  González Casanova tuvo desde décadas atrás la lucidez de proponer una agenda de discusión y, para llevar adelante esa empresa, invitar a grandes personalidades. En ese volumen convoca –entre otros- a Rigoberta Menchú, Héctor Díaz-Polanco, Darcy Ribeiro y a nuestro querido Xavier Albó que escribe sobre “Nación de muchas naciones: nuevas corrientes políticas en Bolivia”. Un texto clave que años después sigue resonando.
Luego me encuentro con Metodología y Cultura (1994) de Jorge González y Jesús Galindo, importantes académicos que introdujeron el tema de la cultura desde la ciencia de manera contundente. En sus páginas, el primer capítulo lo escribe Gilberto Giménez. También está presente Julieta Haidar cuyos aportes en la semiótica y el análisis del discurso han sido fundamentales.
Salto unos volúmenes y llego a la Sociología de la vida cotidiana (1977), de Agnes Heller, prologado por Lukács, una reflexión capital. Al lado suyo un documento que fue un aporte clave en México: La ideología de la Revolución Mexicana, de Arnaldo Córdova, publicado en 1978 en su sexta edición; el autor tuvo su oficina frente a la mía hasta que murió en el 2014. Un investigador tan agrio como brillante.
Unos centímetros a la derecha, está Y venimos a contradecir. Los campesinos de Morelos y el estado nacional, de Arturo Warman (1976). Recuerdo que la primera vez que vi ese texto fue en casa de una amiga y quedé impactado con el párrafo testimonial de donde salía el título. Era un contra argumento a la modernización capitalista de estado desde una lógica campesina. Una reflexión notable.
La siguiente repisa resguarda la literatura: la jocosa novela de Vargas Llosa, Pantaleón y las visitadoras, el fabuloso texto de Fuentes, La región más transparente, algo de Bryce Echenique y Proust, reflexiones de José Vasconcelos y el documento infaltable en cualquier estante: El laberinto de la soledad, de Octavio Paz. Continúo mi paseo y me topo con títulos de Néstor García Canclini y autores de izquierda como Gramsci, Marcuse, Marx y Engels, y el insufrible libro que fue un hit desde los 70: Los conceptos fundamentales del materialismo histórico, de Marta Harnecker, en su edición 26 de 1974.

En fin, no los canso más, el caso es que luego del paseo a vuelo de pájaro por su biblioteca, entiendo muy bien el por qué de la autodescripción de quien me renta esta casa en Pátzcuaro y me identifico plenamente con sus lecturas. Tengo una conclusión: ni bien pueda, contacto a la casera y le invito un café. Me encantará encontrarla personalmente, ya sé mucho de ella. Forzando el pasaje bíblico: “por sus libros los conocerán”.


Publicado en el Deber

martes, 2 de agosto de 2016

Aeropuerto de Bruselas


Hugo José Suárez

Llegar a Bélgica era especial. Normalmente lo hacía vía Ámsterdam, Madrid o París. El ingreso formal a Europa era por una de esas ciudades, así que en una de ellas me tocaba lidiar con los odiosos agentes de migración –tan parecidos unos a otros sin importar en qué idioma te hablen-. Ya en el aeropuerto belga todo era distinto. La gente elegante pero sencilla. La infraestructura no lujosa, funcional. Se sentía estar en el país de Hergé –el creador de Tintín-  y de Jacques Brel. La arrogancia francesa, la parefernalia holandesa o la torpeza española quedaban atrás. Y al abrirse la última puerta, siempre me encontraba con mi entrañable amigo Guy Bajoit que me esperaba con una sonrisa y un abrazo enormes.
Pero la última vez que pisé esa tierra, todo fue diferente, pues lo hice unos meses después del atentado terrorista que cobró la vida de 35 viajeros en uno de los países más tranquilos de Europa.
Partí de la ciudad de México pasando por Ámsterdam. Al empezar a caminar por la terminal aérea, sentí estar en un gran centro comercial. Pasaban los minutos y yo seguía desplazándome entre estantes y tiendas de todo tipo. No sólo los tradicionales perfumes y tragos, sino todo lo imaginable que, por supuesto, uno no necesita en un viaje: relojes, camisas, pantalones, ropa interior o incluso autos. Me preguntaba por qué mi avión me había dejado en un shopping estilo americano –de los que veo a cada rato en México- y no en aquél agradable lugar donde solía desembarcar.
Luego, por suerte, me encontré con la nave de Tintín, aquella con la que se supone fue a la luna. Se me entró el alma al cuerpo, pero la alegría duró poco. Me dirigí a recoger mis maletas y me topé con militares vestidos con uniformes de guerra, pistolas, armas largas, cascos, chaleco anti balas, botas; todo me evocaba a las películas de la Segunda Guerra Mundial. En los tres años que viví en Bélgica, jamás me había cruzado con un sujeto vestido así. Ahora estaban regados por todo lado.
Cuando se abrió la última puerta donde solía abrazarme con mi entrañable amigo, no vi a nadie. Por mi cara de desconcierto, un funcionario me indicó que los que recibían invitados ya no podían entrar al edificio. Le expliqué que iban a recogerme y que no tenía cómo comunicarme si no coincidíamos en esa puerta. Me dijo que tenía que acercarme a otra salida, al frente del estacionamiento. Pero me advirtió: “fíjese desde adentro si lo están esperando, pues si sale, ya no podrá volver a entrar”. Así fue. Me acerqué a la puerta que daba a la calle y sin poner un pie afuera, busqué el rostro conocido entre un montón de gente que hacía lo mismo, de un lado y del otro. Cuando lo vi, por la emoción casi se me olvidó el ambiente y las cámaras de vigilancia que me estaban rodeando.
Cuento esto porque en aquel aeropuerto confluyen tres signos perversos de nuestro tiempo: el horror del terrorismo que debe ser condenado desde toda tribuna; la lógica de mercado que homogeneiza –con grandes firmas que venden lo mismo en todo lado-, que aplana las culturas y formas locales, la modestia y la sencillez –propias del mundo valón que conocí en “la petite Belgique”-; y la reacción bruta y brutal de los gobiernos europeos que dando la espalda a su tradición humanista, desempolvan su lenguaje militar de antaño –que les ha costado tan caro a ellos y a todo el planeta- devolviendo los soldados a la calle e instaurando una dinámica de vigilancia, miedo y amedrentamiento.
En fin, entre todo este gris panorama que muestra que el mundo anda mal, por suerte el cariño de mis amigos, su sabiduría y sencillez me dejaron todavía con la esperanza de que las cosas allá pueden ser diferentes.
Publicado en el Deber, 31 de Julio de 2016